lunes, 9 de julio de 2012

¡Otra mentira más!

La tediosa clase no llegaba a su fin. Cada palabra resonaba en mi mente y se volvía aniquiladora. La profesora gesticulaba con vigor y pronuncia con perfección. Todos aquellos conocimientos debían entrar en mi cabeza y servirme para mi futuro. Por ello, copiaba sin cesar y apenas levantaba la cabeza de aquel folio que poco a poco se tintaba azul. Todo los sonidos y escritos que en aquellas clases percibíamos, lo apuntaba y los recordaba. Todo para que mi futuro se fuese labrando despacio.
Sin embargo, un día, en la clase de biología, una jovenzuela recién llegada de Venezuela se sentaba al lado mío. Su simpatía y su buena parecencia me cautivaron. Su acento sudamericano era relindo, como solía decir. Su mirada avellana y su sonrisa seductora me atraparon fugaces. Me enamoré sin quererlo de la joven. Cada clase se volvió un martirio y un delirio. Todos los días pensaba en revelarle mi amor. Decir lo que sentía pero sabía que había algo que me lo impedía. Su cabello castaño parecía mitigar mi desesperación pero cuando lo perdía de vista volvía.
Un día sin pensarlo, le espeté todo lo que sentía. Ella me miraba de hito en hito, apenas decía nada. Fruncía su labios pensativa, inquisitiva. Cuando hube terminado, se levantó y huyó aprisa. En ese momento, me acordé de todos los conocimientos adquiridos. Biología, física, química, matemática, literatura... ¡Nada!
Era todo una nueva mentira. No labré mi futuro amoroso por ser un estudiante de prestigio. No logré una fórmula química que la atrapara, una ecuación que derminara que ella se quedaba, una reacción química que la volviese loca por mí, una forma biológica de cambiar lo que sentía. Pero no, era otra mentira más.
By: Alejandro Coello

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